Radar Cuadrante
Aldo Arroyo Pellón, Ejecutivo de Asuntos Públicos
03 de marzo de 2026
La mañana del 28 de febrero, los ejércitos de Estados Unidos e Israel lanzaron un operativo de gran escala denominado “Furia Épica” contra Irán, bajo el argumento de que la nación persa estaba cerca de consolidar la capacidad de manufactura de armas nucleares. También señalaron que sus capacidades balísticas representaban un riesgo para los aliados de Washington y para sus tropas desplegadas en múltiples bases militares de Medio Oriente.
El ataque implicó una alta coordinación con gobiernos de la región que facilitaron bases aéreas o insumos logísticos, y resultó en la muerte del Ayatolá Alí Jamenei, así como de miembros de su familia y altos mandos del régimen. En respuesta, la Guardia Revolucionaria iraní lanzó ofensivas contra centros financieros y bases militares estadounidenses en Qatar, Bahréin, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Chipre, Irak y Kuwait.
Algunas instalaciones atacadas pertenecían a países no involucrados directamente en la operación, como Reino Unido y Francia. No obstante, Irán sostuvo que el uso de sus bases para operaciones estadounidenses justificaba los ataques.
En varios países árabes se advierte riesgo de tensiones internas, como en Bahréin, donde el gobierno suní preside sobre una población mayoritariamente chií, lo que ha derivado en protestas contra las fuerzas del orden con Arabia Saudita enviando a personal para apoyar al gobierno a reprimir protestas. En Irak y Pakistán se registraron intentos de asalto a la embajada estadounidense —con múltiples fallecidos en este último caso—, mientras que en Riad dos drones impactaron la sede diplomática, lo que activó alertas de evacuación para personal diplomático en la región.
Israel anunció además el inicio de operaciones en el Líbano tras ataques de Hezbolá en represalia por la muerte del ayatolá, con tropas israelíes realizando una incursión terrestre en el sur de Beirut. Analistas advierten el riesgo de que otros grupos proxy de Irán se involucren, en particular los hutíes en Yemen —con capacidades balísticas avanzadas— y milicias iraquíes con potencial de acción terrestre.
El conflicto presenta alto riesgo de escalar a una guerra regional. Aunque varios países han activado fuerzas militares, hasta ahora —con excepción de Estados Unidos e Israel— se han limitado a la defensa de su espacio aéreo. Sin embargo, de persistir los ataques iraníes contra infraestructura energética y financiera crítica, podrían involucrarse de manera más activa, como ya advirtió Arabia Saudita.
En Estados Unidos, analistas cuestionan el objetivo final de la operación. Si bien el secretario de Defensa, Pete Hegseth, ha descartado un modelo de “construcción de nación” y el secretario de Estado, Marco Rubio, negó que se busque un “cambio de régimen”, el planteamiento del presidente Donald Trump de diezmar las capacidades navales, balísticas y nucleares iraníes difícilmente se lograría solo con una campaña aérea. Especialistas señalan que requeriría presencia terrestre, opción políticamente riesgosa dado que encuestas muestran que apenas una cuarta parte de la población estadounidense respalda la guerra en su forma actual.
La operación podría extenderse hasta seis semanas, aunque existe riesgo de prolongación con impacto en la economía global. Tras cuatro días de combates, el gas natural aumentó 50% luego de que QatarEnergy suspendió operaciones, mientras el petróleo subió 8%, con previsiones de mayores alzas ante el eventual cierre del estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de 20% del crudo mundial. La presión económica y la inflación resultante forman parte de la estrategia iraní para incentivar presión internacional sobre Washington.
La guerra también ha generado fisuras en la alianza occidental que hace dos décadas actuó coordinadamente en Irak. España anunció que negará acceso a sus bases a tropas estadounidenses; Reino Unido señaló que no brindará apoyo directo y solo permitirá el uso de instalaciones en la región; y Francia sorprendió al declarar que ampliará su arsenal nuclear y dejará de informar el número de ojivas en su posesión. Del lado iraní, China y Rusia expresaron desaprobación, pero sin comprometer suministro de armamento. No obstante, analistas apuntan que China provee semiconductores clave para la fabricación de misiles y drones, además de inteligencia satelital, mientras que se ha reportado presencia de asesores rusos de alto nivel para entrenamiento de fuerzas especiales.
Así, este conflicto, que parece haber iniciado sin un plan claro sobre cómo terminaría por parte de Estados Unidos e Israel, apunta a convertirse en una confrontación regional a gran escala, con participación secundaria de países aliados de ambos bandos. Continúa así lo que ya parece una nueva normalidad a nivel global, donde la fuerza puede ser utilizada por potencias para alcanzar objetivos políticos y económicos, dejando a países de poder medio como México como meros observadores de un tablero geopolítico cada vez más distante de su influencia.