Radar Cuadrante

Aldo Arroyo Pellón, Ejecutivo de Asuntos Públicos

09 de marzo de 2026

Después de un par de semanas de negociaciones internas intensas, la presidenta Claudia Sheinbaum envió al Congreso su iniciativa de Reforma Electoral, con ajustes de fondo respecto a la propuesta inicial. El reacomodo exhibe diferencias de prioridades dentro de la coalición gobernante, con el Partido Verde Ecologista y el Partido del Trabajo empujando a moderar los planteamientos más ambiciosos.

El cambio principal es la concesión para mantener los 200 diputados de representación proporcional en la Cámara de Diputados; en el Senado, en cambio, se sostuvo la propuesta de eliminar a los 32 senadores plurinominales. Este movimiento admite dos lecturas.

En primer lugar, refleja el aumento de influencia de los partidos aliados en la negociación interna y una evolución en su relación con Morena. Aunque en el plano nacional conservan un papel de partido satelite, su peso local y su representación legislativa —con bases electorales sólidas en entidades como San Luis Potosí y Chiapas, además de regiones específicas en otros estados— les permite incidir en decisiones de alto impacto. Un antecedente reciente fue Oaxaca, donde el gobernador Salomón Jara enfrentó un ejercicio de revocación de mandato con un resultado estrecho; en la discusión pública se citó la falta de apoyo del Partido del Trabajo como uno de los factores que explican el margen, con cerca de 40% de los votantes pidiendo que dejara el cargo.

En la Reforma Electoral, la presión fue más explícita con declaraciones de legisladores aliados apuntando a un bloqueo legislativo y Ricardo Monreal incluso anticipó un escenario de derrota parlamentaria. Ante ello, la presidenta intervino desde la conferencia matutina y trasladó el costo político al Congreso, sosteniendo que cumplió al enviar la reforma y que el desenlace dependerá de los legisladores. Esta postura puede leerse como un reconocimiento de límites para homologar intereses dentro de la coalición; al mismo tiempo, permite a Morena capitalizar la iniciativa como bandera política, cualquiera que sea el resultado, incluso si el desgaste recae en los aliados, que se vuelven la variable determinante para una eventual aprobación.

La segunda lectura se relaciona con la representación pública de la oposición. Una parte importante del liderazgo opositor ha llegado al Senado por la vía plurinominal; perfiles como Marko Cortés, Alejandro Moreno (“Alito”), Lilly Téllez y Ricardo Anaya, entre otros, ilustran ese patrón. Si se eliminan esos espacios, estos liderazgos tendrían que competir por mayoría, lo que abriría tensiones internas con cuadros que hoy ocupan escaños ganados en territorio. El efecto sería una reducción de márgenes de negociación al interior de los partidos y una pérdida de plataformas legislativas con alta exposición mediática para sus dirigencias actuales.

En conjunto, la reforma se perfila como una de las pruebas más exigentes para Morena en el Congreso en términos de cohesión de coalición. A diferencia de la Reforma Judicial —polémica, pero con impacto indirecto sobre intereses personales de legisladores—, en este caso el rediseño electoral toca incentivos y espacios de representación, lo que fuerza concesiones dentro de la alianza. Esto muestra capacidad para encauzar desacuerdos, pero también exhibe un sistema donde los acuerdos se resuelven principalmente dentro de la coalición gobernante, con una oposición con margen acotado para incidir tras años de fragmentación y disputa por espacios cada vez más reducidos.

También se observa una tendencia a recortar objetivos iniciales en reformas recientes. Un ejemplo fue la Reforma Laboral, que dejó fuera con claridad el tema de los dos días de descanso y extendió a varios años su implementación, evidenciando límites para cambios abruptos en el sistema político y económico. Ese patrón sugiere un enfoque de construcción de acuerdos con actores públicos y privados para reducir fricciones, aunque también puede derivar en tensiones internas y desgaste ante expectativas elevadas de la base del partido y la ciudadanía.

A lo anterior puede sumarse un entorno económico presionado por factores externos. La guerra en Irán elevó la incertidumbre global con el cierre del estrecho de Ormuz por la armada iraní y anuncios de Qatar, Bahréin, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos sobre reducción o paro de operaciones energéticas tras ataques con drones y misiles contra instalaciones. A la par, Estados Unidos e Israel intensificaron su campaña de bombardeo, incluido un ataque a un depósito de petróleo en las afueras de Teherán que provocó una nube oscura sobre la capital y un incendio que se prolongó por más de 24 horas.

La falta de claridad sobre objetivos de salida y condiciones de “victoria” dificulta estimar la duración del conflicto, al tiempo que Irán ya ha designado como sucesor del ayatolá Alí Jamenei a su hijo, Mojtaba Jamenei, con menor perfil internacional pero una reputación entre analistas que lo describen como una figura de postura aún más dura frente a Israel y Estados Unidos que su padre. En ese contexto, 2026 se perfila como una prueba política de alta exigencia para la presidenta, con una inestabilidad externa que impacta cada vez más en la agenda interna, tanto en lo económico como en lo político, mientras Estados Unidos acelera su estrategia de reposicionamiento como principal potencia económica, política y militar en el mundo.