Radar Cuadrante

Aldo Arroyo Pellón, Ejecutivo de Asuntos Públicos

27 de enero de 2026

Esta semana, y quizá por lo que resta de 2026, la agenda mediática fue dominada por el Foro Económico Mundial de Davos, en Suiza, ocupando las primeras planas internacionales por la colisión entre las dos teorías del orden mundial hoy en disputa.

Por un lado, tenemos a Estados Unidos con Donald Trump, proponiendo un modelo de aislación estratégica, donde las grandes potencias utilizarían cada vez más presiones económicas, políticas e incluso militares para obtener concesiones de países con menor influencia. Por el otro, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, propone una alianza de potencias medias, con una visión pragmática, para hacer frente a relaciones asimétricas de poder en el concierto internacional.

El presidente Donald Trump fue el primero en acaparar los reflectores con un discurso de dos horas, en el que hacía hincapié en la necesidad de que su gobierno posea Groenlandia por razones de seguridad, al mismo tiempo que dejaba claro que Europa se convertiría en un actor secundario durante su administración. La Unión Europea, por su parte, había propuesto utilizar lo que el Parlamento en Bruselas llamó “una bazuca comercial” para responder a las presiones estadounidenses, con lo cual se activarían restricciones de mercado y barreras arancelarias considerables, en lo que sería abiertamente una guerra comercial entre dos bloques aliados.

Se trata de una estrategia de negociación utilizada constantemente por el presidente estadounidense: suele plantear demandas consideradas improbables para facilitar la obtención de concesiones más acotadas en comparación. Aunque se mencionó que se había llegado a un acuerdo en cuanto al acceso a una expansión de la presencia militar estadounidense en el territorio ártico, la Unión Europea anunció que se pospondrían las negociaciones de un tratado comercial paralelo que se tenía proyectado.

Por su parte, Mark Carney, de Canadá, dio un discurso que ha causado múltiples reacciones internacionales. En lo que quizá fue la intervención más memorable de la noche, declaró que el orden mundial que había beneficiado a las potencias medias mientras se alinease con la potencia dominante había muerto y que, ahora, todos esos países “se encontraban en el menú”.

El discurso ha sido considerado un hito en la política internacional y una antesala de un reordenamiento global que ya estaba en curso: un sistema de bloques de influencia liderado por China y Estados Unidos en sus respectivos hemisferios. Mientras que la propuesta canadiense plantea múltiples polos, limitados menos por geografía o ideología y más por la similitud de intereses y, quizá aún más importante, por la convergencia de sus adversarios.

En este contexto conviene señalar que México mantiene su estrategia de mirar hacia dentro, limitándose a enviar como representante a Davos a la secretaria de Medio Ambiente, Alicia Bárcena. Quizá se buscó evitar la exposición política que implicaría enviar a la presidenta; sin embargo, la ausencia de Marcelo Ebrard —quien ha fungido como representante en estos foros desde su paso por la Secretaría de Relaciones Exteriores con el expresidente López Obrador— sugiere una estrategia de alineación cautelosa con Estados Unidos, optando por negociar de manera independiente y otorgar concesiones continuas a las demandas que llegan desde Washington.

Esa estrategia permite a la presidenta sortear confrontaciones, aunque aún queda por verse si la cercanía política con Estados Unidos, en términos reales, traerá dividendos. Ya se han impuesto aranceles a China bajo el argumento de proteger la industria nacional; aunque entendible, el momento de la medida dejó pocas dudas sobre sus motivaciones. Alejarse de Estados Unidos luce poco viable e incluso poco conveniente por los beneficios económicos que aporta; sin embargo, profundizar la dependencia en una época que impulsa mayor autonomía y soberanía de los países a nivel global nos coloca en una posición particular.