Radar Cuadrante
Aldo Arroyo Pellón, Ejecutivo de Asuntos Públicos
08 de Julio de 2026
“El T-MEC y el costo de politizar el comercio”
Esta semana se confirmó algo que varios analistas ya habían previsto en meses pasados, la Casa Blanca informó que no renovaría el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) en sus términos actuales. En su lugar, Washington optaría por un modelo de revisión anual del acuerdo. Esta decisión ya ha sido señalada como una posible fuente de incertidumbre para sectores estratégicos como el automotriz y el metalúrgico, así como para actividades sujetas a presión política, como el sector agrícola.
El anuncio fue realizado por el representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, quien aseguró que se continuará dialogando con México y Canadá para abordar las deficiencias del acuerdo. En México, la reacción fue inmediata. El secretario de Economía, Marcelo Ebrard, aclaró que el Gobierno mexicano no buscaría nuevos acuerdos comerciales con otros países, mencionando directamente a China. También subrayó que la estrategia nacional seguirá enfocada en priorizar la relación estratégica con Norteamérica.
Aunque los constantes ataques del presidente Donald Trump a la arquitectura del acuerdo comercial hacían previsible una modificación, el punto más relevante de esta coyuntura es otro – la fragilidad política de Estados Unidos en materia comercial quedó expuesta.
Trump ya había tomado decisiones de alto impacto en otros frentes. Salió del Acuerdo de París, de la Organización Mundial de la Salud y del acuerdo nuclear con Irán. Sin embargo, en esos casos la economía global no había quedado tan directamente expuesta a la volatilidad de los acuerdos formales.
También debe recordarse que su estrategia arancelaria no fue votada por los congresos. Su implementación dependió de leyes secundarias y decretos presidenciales, lo que refuerza la lectura de una política comercial conducida más por cálculo político que por una visión institucional de largo plazo. El trasfondo ideológico de estos cambios parece responder a la nostalgia de una época en la que Estados Unidos podía dictar las reglas económicas y políticas del mundo.
En años recientes, los acuerdos multilaterales colocaron a Europa en el centro del debate social y ambiental. En paralelo, China se consolidó como un actor capaz de definir sus propias reglas económicas y, más importante aún, ejecutarlas en el escenario global. Frente a ese escenario, Trump ha buscado recuperar margen de control mediante golpes de timón. Pero los resultados de esa estrategia, desde su primer mandato en 2016, difícilmente pueden leerse como victorias claras.
La salida de acuerdos medioambientales permitió acelerar políticas industriales ligadas a la extracción de petróleo. A cambio, también provocó costos políticos en sectores de la sociedad que hoy ven con distancia esa agenda. Además, la crisis en el Estrecho de Ormuz obligó a reducir de manera sustancial las reservas nacionales de petróleo. Esto hará que parte del incremento en la producción se destine a estabilizar la reserva estratégica y el propio mercado, hasta que se restablezca por completo el tránsito seguro por esa ruta comercial clave de Medio Oriente.
Algo similar ocurrió con Irán. La salida del acuerdo nuclear negociado por la administración de Barack Obama no modificó el statu quo regional. A pesar de los bombardeos del año pasado contra plantas nucleares iraníes y de la fase intermitente de guerra entre Israel, Estados Unidos e Irán, el régimen sigue en pie y su programa nuclear continúa siendo un factor central de tensión. Por el contrario, estas acciones fortalecieron políticamente a los sectores más radicales del régimen iraní frente a los grupos centristas del Parlamento, ya que la idea de buscar la paz con Occidente quedó debilitada frente a una narrativa de resistencia interna.
Por ello, el nuevo acuerdo que se negocia incluye prácticamente los mismos candados y mecanismos de seguimiento que el pacto nuclear inicial. La diferencia es que ahora el entorno político es más tenso y el margen diplomático más limitado.
El episodio también mostró los límites operativos de Estados Unidos para controlar un estrecho de mar de pocos kilómetros, aun con acceso a decenas de bases navales y aeronáuticas en la región.
En todos estos casos se repite un patrón. Primero, se lleva la presión diplomática al límite. Después, cuando los costos políticos y económicos aumentan, se busca renegociar un nuevo acuerdo bajo términos similares al instrumento que originalmente se intentó cancelar o destruir. En otros casos, cuando las pérdidas son sostenibles o de menor relevancia, el cambio de partido político en Washington abre la puerta a una reintegración gradual. Así ocurrió con el acercamiento de Joe Biden a Europa tras su llegada a la Casa Blanca.
Con el T-MEC podría presentarse un escenario similar ante un eventual regreso demócrata a la Oficina Oval. Sin embargo, eso no garantiza que las revisiones proteccionistas impulsadas por Trump desaparezcan. El viraje proteccionista, aunque con distintos matices, ya forma parte del consenso de ambos partidos. Algunas medidas de la actual administración podrían permanecer, aunque cambie el tono político en Washington.
¿Y qué significa esto para México?
A pesar de las declaraciones sobre evitar una diversificación comercial acelerada, esa postura debe leerse como una señal política. En la práctica, México ya renegoció el acuerdo comercial con la Unión Europea, que estuvo congelado durante años por resistencias de sectores agrícolas en ambos lados del Atlántico. También se firmó un acuerdo de colaboración con Brasil en materia de hidrocarburos y se ha dejado abierta la posibilidad de negociaciones arancelarias sectoriales con China.
México enfrenta límites políticos claros para diversificar su comercio. Para Estados Unidos, mantener vecinos alineados económica y estratégicamente es una prioridad, pero una relación comercial sujeta a cambios tan abruptos hace poco sensato apostar todo el crecimiento económico a las exportaciones hacia el norte.
El Gobierno mexicano no podrá desacoplar su economía en el corto plazo y tampoco sería una decisión inteligente después de décadas de construir cadenas productivas y de proveeduría interconectadas. En sectores como el automotriz, la región ha alcanzado un nivel considerable de especialización, por lo que esa integración sigue siendo una ventaja competitiva.
Pero México y Norteamérica no pueden asumir que el acceso sin aranceles a sus propios mercados será suficiente para competir con China. El país asiático ha construido un modelo de producción mucho más compacto. En una sola ciudad pueden fabricarse y ensamblarse prácticamente todos los componentes de un vehículo. Mientras que el modelo norteamericano opera bajo otra lógica, con un automóvil cruzando cientos de kilómetros entre México, Estados Unidos y Canadá en múltiples ocasiones antes de estar terminado.
La solución pasaría por una renegociación que vaya más allá de porcentajes de contenido regional o listas de industrias protegidas. El verdadero reto es modernizar la cadena de producción compartida para maximizar la eficiencia de los parques industriales en las tres fronteras.
Norteamérica difícilmente podrá replicar un modelo centralizado como el de Shenzhen. Pero sí cuenta con una combinación de recursos naturales, talento humano, infraestructura industrial y capacidades tecnológicas que, mejor integradas, podrían colocar a la región al frente del comercio global. Quizá esto suene a una quimera económica frente a las limitaciones políticas actuales. Pero en el corto plazo hay una prioridad más concreta: sostener las próximas revisiones del tratado con una postura diplomática basada en diálogo técnico, evidencia y especialización sectorial.
México también deberá continuar dando resultados en materia de seguridad. Cualquier debilidad en ese frente puede convertirse en argumento político dentro de una discusión comercial cada vez más contaminada por la agenda electoral estadounidense.
El T-MEC sigue siendo una pieza central para la economía mexicana, pero la lección de esta semana es clara. La integración regional ya no puede descansar únicamente en la confianza política. Necesita una estrategia industrial más moderna, una diplomacia comercial más técnica y una visión de largo plazo que permita defender los intereses de México, incluso cuando Washington vuelva a cambiar de rumbo.