Mundo binario
Fernando González Climent, socio director en Cuadrante
Unos y ceros
El código binario es aquel mediante el cual cualquier concepto, letra o cantidad puede expresarse usando exclusivamente unos y ceros. Nadie es ajeno a su uso cotidiano: con unos y ceros nos comunicamos actualmente a través de nuestros dispositivos móviles.
El uso de sistemas binarios se remonta a la Antigüedad. Los egipcios empleaban métodos de duplicación y descomposición en potencias de dos para multiplicar; siglos después, entre los siglos III y II a. C., el poeta y matemático indio Pingala desarrolló un sistema de combinaciones de sílabas largas y cortas para medir las sílabas de la poesía sánscrita, similar a una codificación binaria. La formulación moderna de la aritmética binaria fue desarrollada por Gottfried Wilhelm Leibniz y publicada en 1703 en su artículo Explication de l’arithmétique binaire.
En la década de 1930, la lógica binaria y los circuitos de conmutación comenzaron a afianzar la base teórica de la informática y las telecomunicaciones modernas. Desde los primeros ordenadores electromecánicos, pasando por los equipos programados con tarjetas perforadas y los que grababan información en cintas magnéticas, hasta la proliferación del silicio para fabricar procesadores y memoria de estado sólido, todos los ordenadores procesan instrucciones binarias en unos y ceros.
La velocidad de procesamiento sigue aumentando, y los dispositivos actuales son capaces de ejecutar billones de operaciones por segundo. Eso da pie a la proliferación de tecnologías de big data, así como a agentes de inteligencia artificial que “aprenden” o están programados para adaptar su curso de acción según la información que analizan. Aun así, las computadoras siguen limitadas a obedecer órdenes en encendido y apagado.
La creciente dependencia de la tecnología binaria y su reciente portabilidad contribuyen a crear un mundo más polarizado. Ofrezco un poco de contexto sobre la evolución del mundo digital:
Internet nació después de la Segunda Guerra Mundial, del financiamiento militar a instituciones de investigación académica. ARPANET, financiada por la agencia ARPA del Departamento de Defensa de Estados Unidos, tenía como objetivo que dichas instituciones pudiesen compartir sus recursos informáticos, y con ellos el fruto de sus investigaciones. Quienes impulsaron ARPANET difícilmente imaginaron que aquella red académica se convertiría, en poco más de medio siglo, en la principal infraestructura comercial del mundo
Agregar al carrito
Es posible usar Internet para fines distintos de los comerciales: socializar, ligar o investigar cualquier tema. Aun así, es claro que buena parte del modelo de negocio de las grandes plataformas que dominan el ecosistema digital consiste en facilitar nuestro consumo de bienes y servicios en todas sus modalidades. Los resultados que buscadores como Google devuelven ante nuestras búsquedas están subordinados a anuncios, ofertas comerciales y estrategias de posicionamiento. Las redes evolucionaron hasta convertirse en auténticos mercados virtuales donde se compra y se vende de todo.
Aunque los Tech Billionaires digan que la esencia de sus redes es facilitar la interacción humana, sus plataformas requieren remuneración para aumentar su influencia y la de sus anunciantes.
En Internet, incluso lo que parece gratuito suele pagarse con dinero, datos o atención. Las plataformas nos piden dinero real para aumentar nuestra influencia en el mundo virtual: incrementar nuestra exposición, beneficiar nuestro perfil ante búsquedas o, simplemente, hacer que nuestro mensaje llegue a más gente.
El algoritmo está diseñado y se afina para maximizar nuestra exposición a la pantalla y, con ello, los ingresos de las plataformas; no necesariamente los de los pequeños anunciantes. El discurso de la democratización, la libertad de expresión y la misión de conectar a amigos y familiares pasó al asiento trasero en nuestro viaje por la supercarretera de la información.
La pandemia de COVID-19 aceleró la migración de las empresas al mundo digital, obligándolas a desarrollar y robustecer su presencia y sus capacidades de comercio en línea. Hoy la sociedad digital es tan real como la presencial, y en ella todos vendemos algo. Como sucede en el comercio tradicional, el pez grande se come al chico.
Swipe left, swipe right
Nuestra tecnología nos condiciona a reaccionar, procesar la información y tomar decisiones de forma binaria. Las tripas digitales del mundo están diseñadas más para vender que para facilitar la investigación o el libre intercambio de conocimiento. Es lógico que dicha programación también moldee las respuestas que la red acepta de los usuarios. Nos acostumbramos a reaccionar de forma dicotómica: like / dislike; swipe left / swipe right; agregar al carrito versus seguir deslizando; etcétera.
Wifi gratis a bordo
La portabilidad de nuestra pequeña pantalla es otro factor que contribuye a nuestra binarización, y surte un efecto importante en cómo nos relacionamos con la información.
Cuando Jeff Bezos comenzó a operar Amazon desde su garaje en 1994, la interacción con Internet aún implicaba un proceso muy distinto al actual, porque las computadoras de escritorio conllevan una inmersión más pausada y programada.
Una pantalla grande, frente a la cual el usuario se sienta erguido, permite profundizar más porque despliega cómodamente una mayor cantidad de caracteres, imágenes y referencias. El texto escrito requiere de nosotros una conexión más íntima y presente, que a su vez detona nuestro propio cuestionamiento y reflexión.
Para 2007, la tecnología móvil avanzó con procesadores más eficientes, mejores baterías y capacidades táctiles. Eso permitió la consolidación del smartphone moderno: la pequeña computadora que hoy llevamos a todos lados y que en poco tiempo se convirtió en una suerte de apéndice digital de nuestro cerebro.
A lo largo de los últimos quince años, el celular o smartphone se convirtió en nuestra principal ventana al mundo digital. Por lo visto, es tal nuestra obsesión por permanecer conectados 24/7 que nos conformamos con hacerlo en una pantalla de seis pulgadas para interactuar, consumir contenido, trabajar, socializar e informarnos, siempre en movimiento.
Por supervivencia nos acostumbramos a interactuar con el celular táctil. Mentes brillantes se han encargado de hacerlo todo muy intuitivo. Hoy podemos “teclear” en un QWERTY virtual con un milímetro de la yema de nuestros pulgares. Los humanos tenemos memoria muscular y somos capaces de aprender movimientos finos. Esa fue una de las apuestas de diseño de Jobs al eliminar el teclado físico del iPhone.
Aun así, investigar, profundizar, escribir o simplemente leer en un celular no es naturalmente cómodo y resulta poco propicio para la profundización.
Menos es menos
La adopción masiva de dispositivos portátiles de pequeña superficie depuró aún más el diseño de las interfaces y sus contenidos, con menos palabras, letras más grandes, íconos monocromáticos e imágenes impactantes para llamar nuestra atención rápidamente y pedir nuestra reacción binaria.
El lado oscuro del smartphone es que aceptamos renunciar a los detalles. No sorprende que vivamos en un mundo de titulares y de opiniones poco informadas pero muy polarizadas. Cuando perdemos los matices como sociedad, ganan la demagogia y la manipulación.
Los grandes capitales invierten miles de millones de dólares en la próxima generación de transmisión inalámbrica de datos, así como en los modelos de inteligencia artificial que hoy proliferan, como lo hizo Internet en los noventa. Todo será mucho más rápido, conectado y eficiente para seguir comercializando productos y servicios en movimiento.
La inteligencia artificial aprenderá de esta polarización con la que nosotros mismos la alimentamos, y depurará los contenidos que nos ofrece para estimular más nuestras sensaciones extremas, activar nuestros circuitos de recompensa y mantenernos cautivos consumiendo su torrente enajenante.
Advirtamos, mientras tanto, que nuestros smartphones nos están quitando lo smart, condicionándonos a reaccionar de forma polarizada ante estímulos inmediatos. En la medida en que perdemos la capacidad y el tiempo de profundizar, el código binario moldea al mundo a su imagen y semejanza.
Recomendaciones
- Desconéctate. Pon un límite a tu exposición diaria al celular. Más que perseguir una regla universal, mide tu uso real, reduce primero el uso recreativo y evita la pantalla antes de dormir.
- Desinstala. Si te das cuenta de que una o más aplicaciones te consumen demasiado tiempo, bórralas de tu celular.
- Lleva contigo ese libro que tenías pendiente. Consume más medios físicos y menos medios digitales.
- Investiga en pantallas de mayor formato. Para profundizar, utiliza una computadora de escritorio o portátil en vez de un smartphone: esto te permitirá tener una vista más completa de los contenidos y evitará que te fatigues rápidamente.
- Quita las distracciones. Utiliza palabras clave y acude a la búsqueda avanzada para obtener resultados precisos.
- Prepara una lista de búsqueda. Incluye diferentes conceptos, sinónimos y alternativas para buscar de distintas maneras el mismo contenido.
- Ve más allá de los titulares. Los primeros resultados no siempre son los mejores.
- Busca también en inglés. Esta práctica te proporcionará un mayor número de resultados y te llevará a recursos de diversos países.
- Recurre a bases de datos. Estos acervos están disponibles en las páginas web de las bibliotecas y permiten acceder a contenido académico.
- Toma notas con papel y pluma. En llamadas y videoconferencias, toma notas. Se ve mejor que tomar notas en el celular. Además, escribir a mano estimula la motricidad fina y puede favorecer la atención, la curiosidad y la reflexión.
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