Radar Cuadrante
Aldo Arroyo Pellón, Consultor de Asuntos Públicos
22 de septiembre de 2026
“El dilema de crear una tecnología que puede superarnos”
La inteligencia artificial estuvo en el centro del debate global, en una cobertura que deja cada vez más claro que hemos rebasado la ciencia ficción de novelas y películas de hace unas décadas para comenzar a vivirla en carne propia.
La reciente polémica en torno a esta tecnología se detonó por las declaraciones de directivos de Anthropic y OpenAI respecto a la necesidad de imponer controles de seguridad antes de lanzar modelos más avanzados de IA. Incluso advirtieron que, sin mecanismos adecuados de control, estos sistemas podrían representar un riesgo para la supervivencia de la especie humana. Las declaraciones coincidieron con una caída de 0.56% del Nasdaq, acompañada por retrocesos entre algunos de los principales fabricantes de chips necesarios para los centros de datos que procesan estos modelos, como Nvidia (3.4%), Broadcom (4.8%) y TSMC (3.5%).
Asimismo, estas advertencias abrieron un debate más amplio sobre el papel de estas tecnologías en el futuro de nuestras sociedades.
Diversos analistas han señalado que los nuevos modelos de IA podrían desplazar millones de empleos cuyas funciones resultan fácilmente automatizables mediante software, desde camioneros, taxistas y conductores de trenes hasta actividades que hace algunos años parecían mucho más difíciles de sustituir, como la elaboración de documentos legales propios del trabajo de un abogado o, eventualmente, procedimientos médicos especializados con un alto grado de automatización. Y estos son apenas algunos de los escenarios contemplados actualmente. Conforme avancen estos sistemas, también podrían incorporarse a la discusión campos como el arte y la literatura, tradicionalmente considerados entre las actividades humanas más complejas de replicar mediante una máquina.
Sin embargo, lo que mayor controversia provocó fue la declaración explícita de que estos sistemas podrían convertirse en un riesgo para nuestra especie, planteamiento que admite distintas interpretaciones.
Algunos analistas han sugerido que, ante una posible burbuja financiera alimentada por las promesas que estas mismas compañías realizaron hace algunos años sobre las capacidades futuras de esta tecnología, las limitaciones técnicas y de recursos podrían obligarlas a moderar sus planes de expansión. Bajo esta lectura, enfatizar los riesgos de la IA permitiría justificar un crecimiento más controlado de las inversiones sin abandonar la narrativa sobre el carácter revolucionario que eventualmente tendrían sus beneficios. Se trataría, desde esta perspectiva, de una forma de reducir sus propios planes de expansión sin contradecir las expectativas que ellas mismas generaron.
Otra vertiente del debate atraviesa una dimensión sociopolítica. Resulta paradójico que empresarios multimillonarios adviertan que una tecnología desarrollada por sus propias compañías podría poner en riesgo a la civilización y, al mismo tiempo, soliciten la confianza de gobiernos y sociedades para continuar con su desarrollo. Esta postura refleja una visión utilitarista en la que los posibles beneficios futuros adquieren prioridad frente a preocupaciones presentes.
También resulta particular la afinidad de parte de esta élite tecnológica por objetivos que hace algunos años habrían parecido propios de la ciencia ficción. Diversos empresarios y figuras del sector han planteado escenarios en los que sería posible trasladar o reproducir la conciencia humana en una computadora con la aspiración de prolongar indefinidamente la existencia. Desde una perspectiva filosófica, esta idea abre otro debate sobre la concepción del alma, la identidad y la propia definición del ser humano, así como sobre la posibilidad de reducir la conciencia a información susceptible de ser codificada mediante unos y ceros.
Más allá de estas consideraciones, las respuestas de algunos mandatarios también llamaron la atención. En Estados Unidos, donde el crecimiento asociado a la inteligencia artificial ha adquirido un peso central en el desempeño reciente de Wall Street, en un contexto marcado por pérdida de empleos y menor inversión en otros sectores, Donald Trump defendió la expansión de los centros de datos y de la inteligencia artificial, comparando incluso su desarrollo con grandes innovaciones tecnológicas del pasado, como la radio. La analogía provocó críticas entre quienes consideran que resulta insuficiente para describir el alcance y las capacidades de esta nueva tecnología.
En México, donde buena parte de la discusión pública termina atravesada por la dimensión político-electoral, la presidenta Claudia Sheinbaum pidió analizar una eventual regulación del uso de inteligencia artificial durante los periodos de campaña, al considerar que estas herramientas podrían incentivar la desinformación entre la ciudadanía. La preocupación tiene fundamento; sin embargo, el alcance reducido del debate también evidencia la limitada participación de México en el desarrollo tecnológico, empresarial y regulatorio global de la inteligencia artificial.
Quizá todavía sea pronto para imaginar un futuro en el que las novelas de Neuromancer o el universo de Cyberpunk se conviertan en una realidad cotidiana. Sin embargo, algunos de sus elementos ya comienzan a aparecer: una enorme concentración corporativa de capital, una aceleración tecnológica sin precedentes y empresas privadas con capacidad creciente para modificar la vida económica y social.
En muchas de esas historias, un actor que rara vez ocupa el centro de la escena es un gobierno institucionalizado con capacidad suficiente para ordenar ese proceso. En nuestra realidad, todavía está por verse hasta dónde podrán llegar los Estados para regular esta tecnología frente a sus propios intereses y a los de las empresas que la desarrollan, y si lograrán construir reglas que permitan aprovechar sus beneficios mientras protegen a las sociedades de sus riesgos.